Thomas Hobbes
Sin un Estado, la vida sería solitaria, brutal y breve.
Ideas erróneas
Para Hobbes, el hombre es malo por naturaleza.
Niega expresamente que los hombres sean malvados «por naturaleza». Apoyándose en la Escritura, concede que quizá todos los hombres sean malvados, pero no por un defecto de su naturaleza. Nuestros deseos y pasiones no son pecados, y su tesis no exige que los malvados sean muchos: basta con que no podamos distinguirlos de los demás para que todos tengan que estar en guardia. El malvado, dice, es «un niño robusto»: alguien a quien le faltan razón y educación.
«El hombre es un lobo para el hombre» es una fórmula de Hobbes.
El proverbio es antiguo: se encuentra en el poeta latino Plauto. Hobbes lo cita en la dedicatoria del De Cive, pero para equilibrarlo: «el hombre es un dios para el hombre» entre conciudadanos, «un lobo» entre Estados.
Hobbes defendía la monarquía absoluta y, por tanto, la tiranía.
Defiende un poder absoluto e indivisible, pero ese poder puede pertenecer tanto a un rey como a una asamblea: «el poder en todas las formas... es el mismo». Prefiere la monarquía, sin convertirla en una condición. Y hasta un súbdito justamente condenado conserva la libertad de desobedecer la orden de matarse o de no resistir.
Hobbes creía que el estado de naturaleza había existido realmente en todas partes en el pasado.
Escribe que no cree que haya sido nunca así de manera general, en todo el mundo. El estado de naturaleza es sobre todo una hipótesis: cómo sería la vida sin un poder común. Para hacerse una idea, remite a las guerras civiles.
Hobbes era ateo.
A menudo se le acusó de ello, y sus ideas (todo es cuerpo, la religión al servicio del Estado) alimentaron esa sospecha. Pero afirma que la búsqueda de las causas conduce a una primera causa eterna, a la que los hombres llaman Dios, aunque siga siendo incomprensible. Lo que creía realmente sigue siendo objeto de debate.